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DIDASCALIA2022

19º 404 Festival Internacional de Arte y Tecnología / Didascalia 2022

Este año, el 404 Festival Internacional de Arte y Tecnología celebra su 19ª edición en Estados Unidos, junto a la 70.ª conferencia anual en memoria de Alfred Korzybski y el Simposio sobre ecologías de la mente, los medios y el significado patrocinado por el Instituto de Semántica General.

Del 7 al 9 de octubre, artistas e investigadores se encontrarán en el histórico The Players Club (Manhattan) para repensar las posibles formas de afrontar el impacto de las nuevas tecnologías y medios en nuestra percepción.

Programa completo: https://www.generalsemantics.org

Sede: https://theplayersnyc.org

Registro: https://www.generalsemantics.org/event-4882365 

DIDASCALIA

Charla en The Players Club, Manhattan

El término ‘Didascalia’ proviene del griego antiguo “enseñanza” y se utiliza para referirse a las instrucciones que un dramaturgo o director de teatro imparte a los actores. Describe el entorno inmediato, la apariencia física de los personajes y sus acciones, sin hacer referencia a lo que éstos piensan o sienten. La didascalia suele marcarse en letra cursiva y entre paréntesis, indicándose en tercera persona.

     En el teatro, los actores saben que están interpretando un personaje, pero los espectadores deben entrar en situación de inocencia para poder creerles. Sin didascalias, peligraría la suspensión de la incredulidad y el artificio se pondría en evidencia. Para que la ficción ingrese en nuestras vidas de manera orgánica, debe generar un grado de empatía que nos predisponga a soltar lo que nos mantiene en estado de alerta, lo que nos protege de toda indefensión.

     Lo que vemos que un actor hace con lo que se encuentra dispuesto en el espacio al que recurre el contexto narrativo es lo que logra que cobren sentido las escenografías. Por sí mismas, estas situaciones estructuradas están vacías hasta que alguien se mueve por algún motivo en ellas. Por sí mismos, los objetos dispuestos en una escena son decorativos hasta que adquieren algún sentido para los personajes.

     En el teatro, las reacciones son provocadas por la aceptación de instrucciones. En la vida cotidiana, también. Las producciones de alta convergencia forjan nuestras características identitarias a través de una didascalia invisible que se apropia de una potencialidad que neutraliza. Si el autor y el intérprete fuesen la misma persona, su historia no necesitaría didascalias. Pero ¿somos los autores de nuestras propias escenas?

     El sistema hegemónico nos modela a través de las nuevas tecnologías instrumentales de los poderes fácticos que dirigen nuestra percepción, “mediante el control del tiempo y el espacio como dimensiones constitutivas, a través de la manipulación industrial y cultural de nuestra relación con la imagen y el sonido.” (Valenti, p. 105-106).

“Los poderes fácticos son instituyentes y destituyentes. Instituyentes porque instauran un orden. Destituyentes porque, para llevar a cabo el gerenciamiento de nuestra relación con los ambientes, deben construir el artificio y sumergirnos en él, controlando, en la mayor medida de sus posibilidades, los modos en los que percibimos el tiempo, nuestra confianza en la historia, nuestra incorporación y disolución en el espacio, y nuestra relación con lo que vemos y escuchamos” (Valenti, p. 24).  

     En este proceso, resulta clave reconocer que el rol que ocupa el entretenimiento en nuestra vida cotidiana, excede ampliamente los diversos modos en que lo incorporamos de manera consciente e intencional. Al naturalizarlo como parte constitutiva, comienzan a vislumbrarse las correspondencias entre los ámbitos construidos desde la ficción y lo que solemos asociar con “opiniones propias” y “vida personal”, especialmente cuando lo que consideramos genuino resulta ser el fruto de una mímesis estructural. Innumerables son los “riesgos de no reconocernos en nuestra propia imagen, de no saber cómo habitar nuestro tiempo, los espacios, ni los sonidos que nos encierran, cuando todo esto es lo que, justamente, puede liberarnos.” (Valenti, p.112).

     Guy Debord, en su célebre libro La sociedad del espectáculo (1967), sostenía que el espectáculo es una organización social que unifica. Cito: “El espectáculo, como organización social presente de la parálisis de la historia y de la memoria, del abandono de la historia que se erige sobre la base del tiempo histórico, es la falsa conciencia del tiempo.” (Debord, p.62) “Como otro aspecto en la deficiencia de la vida histórica general, la vida individual todavía no tiene historia. Los pseudoacontecimientos que se presentan en la dramatización espectacular no han sido vividos por quienes han sido informados de ellos”. 

     Las representaciones históricas se han impregnado en las historias de vida individuales.
Nuestra noción de la Historia como conjunto cerrado y acordado, mediante dramatizaciones de lo acontecido continúa fundando las bases de nuestro imaginario social. Toda Historia es guionada desde que utilizamos ese término en singular y opera siguiendo una narrativa lineal. Si concebimos la Historia como algo lineal es por sus adaptaciones al relato, que imprimen en nuestros hábitos las nociones estáticas de principio, desarrollo y desenlace. Pero si pudiéramos percibir las simultaneidades, las yuxtaposiciones y las incongruencias, la historia de la humanidad nos revelaría que nada es lineal. ¿Qué transformación ocurriría si dejásemos de repetir de manera ordenada y sucesiva los relatos, reeditando sus conexiones, seleccionando y volviendo a conectar?

     La Historia, en tanto literatura de lo ocurrido, tiene reglas propias, pero, a su vez, alberga interlocutores que dialogan hacia múltiples direcciones en el tiempo, contradiciéndola. Entonces, desconfiar de las historias que han sido aceptadas y representadas de manera masiva es también descreer de las victorias o pérdidas absolutas.

     Frecuentemente, nos encontramos con agujeros negros que completamos con puntos suspensivos. Nuestra comunión con el relato histórico se trata de un acuerdo de fe. Nosotros habitamos el tiempo, pero otros nos hacen habitar la Historia. Y el problema no es que a la historia la escriban los que ganan, sino que la escriban los que pueden escribir. La Historia nos escribe y, a veces, podemos escribir sobre ella. Rara vez podemos relacionar de otro modo los datos empaquetados que nos ofrece el sistema. Para imaginar la historia, es necesario observar cuidadosamente nuestro tiempo e intentar ver qué celdas van quedando vacías. Sin dudas, algo importante está ocurriendo allí, y lo importante se encuentra siempre a simple vista, pero se nos presenta mediado de modo tal que lo vemos con los ojos del sistema que lo ilustra, a través del espectáculo.

     Como dijo Neil Postman: “Es obvio que no hay nada malo en el entretenimiento. Como dijo alguna vez un psiquiatra, todos construimos castillos en el aire. El problema surge cuando tratamos de vivir en ellos.” (Postman, 1985, p. 82) Aunque hoy podríamos decir que esos castillos se han vuelto más sólidos y habitables que antes, no dejan de ser espacios que pretenden albergarnos, incluso cuando somos expulsados. Sin embargo, un sistema que expulsa, a su vez se queda afuera de todo lo expulsado, cuando lo expulsado continúa dispuesto a hacer vivir, desde el lugar al que el sistema más le teme: lo inclasificable.” (Valenti, p.23).

MANIFIESTO DIDASCALIA

Las enormes extensiones sin señalización inventaron los oasis para que los beduinos siguieran caminando. Hoy, el espejismo se ha devorado al desierto.

En el teatro, se construyen tres paredes para derrumbar una cuarta, pero una vez que se revela la existencia de un muro, se levanta un innumerable gremio de murallas. Como la rueda, que abandonó el mundo de los inventos desde el momento en que comenzó a girar. Pero ninguna rueda sigue siendo tan funcional, tan irreversible.

El espectáculo nos ha encerrado en su propia intemperie y hemos quedado adentro, a cielo abierto. Las metáforas escénicas ahora se utilizan fuera del escenario, incluso tienen más sentido sin él. A través de escenografías cotidianas, directores anónimos, escritores fantasmas y patrocinadores, el espectáculo se ha convertido en parte del ADN del sistema. ¿Qué narrativa nos enseña a desoír las instrucciones de su propio guion?

Lentamente y de repente, nos quedamos a solas con el mundo. ¿A quién le importa ser si no sabe que existe? Los algoritmos nos entrenan y el sistema nos instruye para que interpretemos su propia didascalia. ¿Cómo recuperar el sentido de la luz si sólo cumple, tímida, perpleja e inconclusa? Lentamente y de repente, nos quedamos a ciegas con el mundo. Desde que la luz existe, la oscuridad intenta hablar con ella, pero una didascalia las separa y cuando las clasifica, las condena. La noche, entonces, hace que el día pierda tiempo hasta que alguien llegue a rescatarnos. La oscuridad no es todo lo que hay, pero la luz ya no es lo único instantáneo.

El vacío está repleto de circunstancias que nos deshabitan y que, a su vez, nos constituyen. No hay lugares en blanco además de nosotros. Pero cuando los márgenes tienen algo que decir, los paréntesis les temen. ¿Cuántas instrucciones hacen falta para que algo comience y pueda terminar?

En este siglo, lo que nunca se apaga se ha vuelto enemigo de los ojos y lo que siempre suena ha tomado el control de lo que podemos escuchar. ¿Qué guion, qué didascalia nos justifica y nos celebra?

Hay una humanidad escribiéndose en cursiva.

Manifesto 19h“404 Festival Internacional de Arte y Tecnología»
por Gina Valenti 
Septiembre 2022
Argentina